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Efectos de una explosion nuclear

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Efectos de una explosion nuclear

Mensaje por Vlankko el Miér Ene 22, 2014 11:58 pm

Para sobrevivir a un escenario nuclear hay que tener mucha suerte o tener a mano ciertos materiales ,y manuales  asi como un buen refugio a ser posible , bueno vamos a ir haciendo una introduccion al tema


Lo primero que las víctimas de una bomba nuclear experimentan es el intenso flujo de fotones proveniente de la explosión, que libera del 70 al 80% de la energía de la bomba. El efecto es quemaduras térmicas de tercer grado, lo cual no es agradable de ver. Las primeras muertes ocurren a raíz de esto.
El siguiente fenómeno es la onda expansiva supersónica. Esta onda se ve antes de oírse, y arrasa todo lo que encuentra a su paso.
Después de la onda el cuerpo es sometido a una presión muy elevada. Algo así como encontrarse a unos cientos de metros bajo el agua (recuerda que a unos miles de metros bajo el agua los cascos presurizados sufren una implosión). La presión se reduce gradualmente, y se produce entonces un fenómeno de sobrepresión negativa, con un viento de succión en sentido contrario. Esta inversión se debe a que el aire vuelve precipitadamente a llenar el vacío dejado por la explosión.
El aire vuelve gradualmente a la presión normal. En esta fase, los incendios causados por la destrucción eléctrica y los restos incendiados convierten la escena en un infierno.
Es entonces cuando se producen los efectos a plazo medio, como la formación de queloides y de blastomas de retina. Las lesiones genéticas o hereditarias pueden manifestarse hasta cuarenta años después de la irradiación inicial.


EFECTOS ATMOSFÉRICOS DE LAS EXPLOSIONES



El hongo atómico. El calor producido por la fusión y la fisión eleva instantáneamente la temperatura del aire circundante a 10 millones de grados centígrados. Este aire plasmático tan caliente arroja una luz tan intensa que parece más brillante que la del sol, y es visible
a cientos de kilómetros de distancia. La bola de fuego resultante se expande rápidamente. Esta bola está compuesta de aire caliente, y por consiguiente se eleva a un ritmo de varios cientos de metros por segundo. Al cabo de aproximadamente un minuto, la bola de fuego se ha elevado varios kilómetros, y se ha enfriado hasta el punto de dejar de irradiar.

El aire frío circundante "roza" con el aire que asciende, ralentizando los bordes externos de la nube, cuya porción interna, no ralentizada, asciende algo más rápido que los bordes externos. Cuando la porción externa ocupa el vacío dejado por la porción interna, más elevada, se produce un efecto de vacío. El resultado es un anillo de humo.
El material interno se expande gradualmente hasta tomar la forma de un hongo, debido a la convección.

Si la explosión se ha producido en el suelo, polvo y restos radiactivos ascienden a través del "pie" del hongo, situado bajo la bola de fuego.
Las colisiones y la ionización de las partículas de la nube producen relámpagos que
descienden hasta el suelo. Al principio, la nube es de un color naranja rojizo, debido a una
reacción química del aire caliente. Cuando la nube se enfría hasta temperatura ambiente, el vapor de agua comienza a condensarse. La nube pasa de ser roja a ser blanca.
En las fases finales de una explosión de un megatón, la nube alcanza un diámetro de 100km y una altura de 40km.

Impulso electromagnética (EMP).

Una explosión nuclear desprende radiaciones en todas las longitudes de onda de la luz. Parte de la radiación se sitúa en la porción radio/radar del espectro: se trata del efecto EMP. Este efecto aumenta conforme se asciende en la atmósfera. Las explosiones a gran altitud son capaces de inutilizar equipos electrónicos, al inducir una sobretensión transitoria a los
objetos metálicos de circuito cerrado: aparatos electrónicos, líneas eléctricas, líneas telefónicas, televisores, radios, etc. La explosión puede causar daños de este tipo en un radio de hasta 1.000km.


UN REPASO A LOS EFECTOS INMEDIATOS

Los tres tipos de efectos inmediatos son: onda expansiva, radiación térmica (calor) e ionización rápida, o radiación nuclear.

Su importancia relativa varía dependiendo del rendimiento de la bomba. Para bombas de bajo rendimiento, los tres pueden ser fuente de daños significativos. Cuando el rendimiento es de unos 2,5Kt, los tres efectos presentan aproximadamente la misma intensidad. Los tres pueden causar lesiones fatales a una distancia de 1Km.

La fracción de la potencia de una bomba que resulta emitida como radiación térmica, onda expansiva y radiación ionizante es básicamente constante para todos los niveles de potencia, pero el modo en que las distintas formas de energía interactúan con el aire y el blanco varía drásticamente.

El aire es fundamentalmente transparente para la radiación térmica. La radiación térmica afecta a las superficies expuestas, produciendo daños por calentamiento rápido. Una bomba cien veces más grande puede producir intensidades de radiación térmica iguales en áreas 100 veces más vastas. El área de una esfera imaginaria con su centro en la explosión, aumenta con el cuadrado del radio, y por lo tanto, el radio destructivo aumenta en relación con la raíz cuadrada de la potencia (se trata de la familiar ley inversamente proporcional del cuadrado de la radiación electromagnética). De hecho, la tasa del incremento es algo menor, debido en parte a que las bombas más grandes emiten calor más lentamente, lo cual reduce el daño ocasionado por cada caloría de calor. Es importante tener en cuenta que el área afectada por la radiación térmica aumenta de forma casi lineal con la potencia de la bomba.

El efecto de onda expansiva es un efecto de volumen. La onda expansiva deposita energía en los materiales que atraviesa, incluyendo el aire. Cuando la onda expansiva atraviesa un material sólido, la energía que deposita en él causa los daños. Cuando la onda expansiva atraviesa capas de aire, sencillamente se debilita. Cuanta más materia atraviesa la bomba, menor es el efecto. La cantidad de materia aumenta con el volumen de la esfera imaginaria, cuyo centro hemos situado en la explosión. Los efectos de la onda expansiva, por lo tanto, disminuyen proporcionalmente a la ley inversamente proporcional del cubo del radio y el volumen.

La intensidad de la radiación nuclear disminuye con la ley inversamente proporcional del cuadrado, como la radiación térmica. Sin embargo, la radiación nuclear resulta fuertemente absorbida por el aire que atraviesa, lo cual hace que su intensidad disminuya mucho más rápidamente.

Estas leyes proporcionales muestran que los efectos de la radiación térmica aumentan rápidamente con la potencia (en relación a la onda expansiva), en tanto que los de la radiación disminuyen rápidamente.

En un ataque nuclear de dimensiones reducidas (potencia de la bomba 15Kt. aprox.), las lesiones (incluyendo defunciones) se deberían a las tres causas. Las quemaduras (incluyendo las causadas por los incendios subsiguientes) serían el tipo de herida más frecuente (dos tercios de las muertes del primer día serían víctimas de quemaduras); además, las quemaduras se producen incluso a gran distancia. El 60-70% de los supervivientes presentarían heridas debidas a quemaduras o a la onda expansiva. Las personas que se encontrasen lo suficientemente cerca para verse afectados por enfermedades debidas a la radiación se encontrarían también dentro del radio de efectos letales de heridas por onda expansiva y por quemaduras debidas a la deflagración; por este motivo, únicamente un 30% de los heridos supervivientes presentarían los efectos de la radiación. Muchas de esas personas se encontrarían en lugares protegidos de las quemaduras y de la onda expansiva, y no sufrirían los efectos principales. Aún así, la mayor parte de las víctimas de la radiación presentarían también heridas debidas a los demás efectos.

Con bombas de una potencia de cientos de kilotones o mayores (potencias normales para cabezas nucleares estratégicas), las heridas inmediatas debidas a la radiación serían insignificantes. Los niveles peligrosos de radiación se dan únicamente tan cerca de la explosión, que resulta imposible sobrevivir a la onda expansiva. Por otro lado, el alcance de las heridas por quemaduras es muy superior al de heridas debidas a la onda expansiva. Una bomba de 20 megatones puede causar quemaduras de tercer grado potencialmente mortales en un radio de 40km, en tanto que la onda expansiva a esa distancia podría hacer poco más que romper ventanas y causar heridas leves.

Una regla sencilla para estimar las bajas a corto plazo causadas por los diversos efectos de una explosión nuclear consiste en considerar que todasaquellas personas que se encuentren en el interior del entorno de sobrepresión de 5 psi con respecto al hipocentro, constituirán una baja. En realidad, muchas de las personas que se encuentran dentro de ese contorno sobrevivirán, y muchas fuera de él perecerán, pero la regla asume que esos dos grupos serán aproximadamente iguales, y quedarían así equilibrados. Esta regla no tiene en cuenta ningún efecto de lluvia radiactiva.


UN REPASO DE LOS EFECTOS RETARDADOS

Contaminación radiactiva. El principal efecto retardado es la creación de enormes cantidades de material radiactivo de larga duración (con períodos de semidesintegración radiactiva que van desde días hasta milenios). La fuente principal de estos productos son los restos de las reacciones de fisión. Una fuente secundaria potencialmente importante es la captura de neutrones por isótopos no radiactivos, tanto en el interior como en el exterior de la bomba.

Cuando los átomos se fisionan pueden llegar a dividirse hasta 40 veces, produciendo una mezcla de unos 80 isótopos diferentes. La estabilidad de estos isótopos varía considerablemente. Algunos de ellos son completamente estables, en tanto que otros sufren una desintegración radiactiva pronunciada, con períodos de semidesintegración radiactiva de fracciones de segundo. Los isótopos en desintegración pueden a su vez formar isótopos derivados, estables o inestables. La mezcla se hace más compleja de ese modo; han llegado a identificarse hasta 300 isótopos diferentes de 36 elementos en productos de fisión.

Los isótopos de corta duración liberan su energía rápidamente, creando intensos campos de radiación mucho menos intensa, pero más persistente. Los productos de la fisión tienen inicialmente un nivel de radiación muy alto, que declina rápidamente, pero el ritmo de desintegración disminuye con la intensidad de la radiación.

Una regla simple es la "regla de los sietes". Esta regla dice que por cada aumento de siete veces en el tiempo tras una detonación de fisión (iniciándose en la primera hora o después), la intensidad de la radiación disminuye en un factor de 10. Por lo tanto, al cabo de 7 horas, la radiactividad residual debida a la fisión disminuye en un 90%, a un décimo de su nivel de al cabo de 1 hora. Al cabo de 7 * 7 horas (49 horas, 2 días aprox.), el nivel disminuye de nuevo en un 90%. Al cabo de 7 * 2 días (2 semanas), vuelve a disminuir un 90%, y así durante 14 semanas. La regla funciona hasta que queda 25% de radiación durante las dos primeras semanas, y es exacta con un factor de dos durante los seis primeros meses. Al cabo de este tiempo, la tasa de desintegración se hace mucho más rápida. La regla de los sietes corresponde a una relación proporcional t^-1,2.

Estos productos radiactivos son más peligrosos cuando se depositan sobre el suelo, en forma de "lluvia radiactiva". El ritmo al que la "lluvia radiactiva" se deposita depende mucho de la altitud a la que ocurre la explosión, y en menor medida al tamaño de la misma.

Si la explosión se produce completamente en el aire (la bola de fuego no toca el suelo), los productos radiactivos vaporizados formarán partículas microscópicas cuando se enfrían lo suficiente para condensarse y solidificarse. Estas partículas son elevadas a la atmósfera por la bola de fuego ascendente sobre todo, aunque cantidades significativas de las mismas se depositan en las capas bajas de la atmósfera debido a la mezcla resultante de la circulación convectora en el interior de la bola de fuego.
Cuanto más grande es la explosión, más alto y más rápido asciende el poso radiactivo, y más breve es la proporción depositada en las capas bajas de la atmósfera. En explosiones de una potencia de 100Kt o menos, la bola de fuego no se eleva por encima de la troposfera, donde se produce la precipitación. Todo este poso radiactivo caerá al suelo, mediante procesos meteorológicos, en un plazo máximo de varios meses (en realidad mucho más rápido). Cuando la potencia de la explosión alcanza los megatones, la bola de fuego se eleva tanto que penetra en la estratosfera. La estratosfera es seca, y en ella no se dan procesos meteorológicos que puedan hacer descender rápidamente el poso radiactivo. Las pequeñas partículas de poso radiactivo descenderán durante meses, o años. Este poso radiactivo ha perdido la mayor parte de su nocividad cuando alcanza el suelo, y se diseminará por todo el globo. Cuando la potencia de la bomba supera los 100Kt, el poso radiactivo pasa a la estratosfera en cantidades progresivamente mayores.

Una explosión que se produce más cerca del suelo (suficientemente cerca para que la bola de fuego lo toque) absorbe en su interior grandes cantidades de tierra. La tierra normalmente no se vaporiza, y si lo hace, hay tal cantidad de ella que las partículas resultantes son muy grandes. Los isótopos radiactivos se depositan en partículas de tierra, que pueden caer de nuevo al suelo rápidamente. El poso radiactivo se deposita desde los primeros minutos, y sigue cayendo durante varios días, creando una contaminación arrastrada por el viento, tanto en las cercanías como a miles de kilómetros de distancia. La radiación más intensa es la resultante del poso radiactivo próximo, porque es la que se deposita con mayor densidad, y porque los isótopos de corta duración no se han desintegrado aún. Por supuesto, las condiciones meteorológicas pueden afectar de manera considerable a este proceso, y en particular la lluvia, que puede "lavar" el poso radiactivo y crear concentraciones muy intensas y muy localizadas. Tanto la exposición externa a la radiación penetrante como la exposición interna (ingestión de material radiactivo) constituyen un gran riesgo para la salud.

Las explosiones que se producen cerca del suelo pero que no lo tocan pueden de todos modos generar riesgos significativos inmediatamente debajo del punto de deflagración, por activación de neutrones. Los neutrones absorbidos por el suelo pueden generar un grado considerable de radiación durante varias horas.

Las armas con megatones de potencia han desaparecido prácticamente, para ser sustituidas por cabezas nucleares de potencia mucho menor. La potencia de una cabeza nuclear estratégica moderna se sitúa, con pocas excepciones, entre los 200 y los 750Kt. En trabajos llevados a cabo recientemente con modelos climáticos sofisticados, se ha demostrado que esta reducción de la potencia hace que una proporción mucho más grande del poso radiactivo se deposite en las capas bajas de la atmósfera, y que la precipitación del mismo se produzca de manera mucho más rápida e intensa de lo que se había asumido en estudios realizados durante los años sesenta y setenta. La reducción de la potencia total del arsenal estratégico que se produjo cuando las armas de alta potencia se retiraron en favor de un número superior de armas de menor potencia, ha aumentado de hecho el riesgo de lluvia radiactiva.



Para poderse hacer una idea de la potencia normal de un arma nuclear expondré lo que ocurriría si una bomba de 1 megatón explotase a 2.600 m sobre la Puerta de Alcalá (Madrid, España), situada casi en el centro geométrico de la ciudad. A este lugar le denominaremos punto cero. Para hacerse mejor cargo de la escena me permitiré la licencia de contar con un observador virtual al que no le afecten los acontecimientos y, por tanto, pueda ver la escena claramente sin perecer.


Si nuestro observador se encontrase en la Plaza de Moncloa o en el campo al aire libre cerca del Planetario (a unos 3 Km. del punto cero) vería cómo una deslumbradora luz blanca emergía de un nuevo sol sobre la ciudad, que durante 5 segundos genera una onda de calor abrasador que incendiaria la vegetación, derretiría los cristales, las farolas y los coches y, por supuesto, prendería en el acto a cualquiera que se encontrase en la calle convirtiéndole en poco en un cadáver completamente carbonizado. Unos cinco segundos después de la aparición de la luz llegaría la onda expansiva cargada de los restos de la ciudad (que ya no existiría), todas las construcciones serían barridas en poco tiempo y se verían bombardeadas por todo tipo de objetos a velocidades increíbles. También vería cómo mientras va cesando la onda de calor un vendaval soplaría a una velocidad de 600 km/h. desde el punto cero, y a 250 km/h. a 6 Km de él, que al poco soplaría con menos intensidad en sentido contrario; afectaría a toda la zona marcada en el plano con el círculo nº 2.
 
La bola de fuego iluminaría la escena durante los 30 seg. que tardaría en apagarse, llegando hasta los 4 Km. de diámetro y que ascendería como un cohete hasta apagarse a más de 9 Km. de altura, mientras durase freiría todo lo que se encontrase bajo ella. Siguiente secuencia. Pulsa para ver mas grande.

Una explosión convencional produce una onda expansiva que produce un impacto rápido más o menos potente, pero una explosión nuclear tiene una onda explosiva que dura varios segundos, de modo que produce un empuje constante que es capaz de rodear los edificios y estrujarles desde todos los ángulos. Una detonación de un megatón aplastaría o reventaría cualquier edificio situado en un radio de 7 Km, por lo que, en el ejemplo que nos ocupa toda construcción dentro del círculo marcado en el plano (nº 3) sería destruido, y en 12 km. (circulo nº 5) las construcciones se verían gravemente afectadas. De modo que todo el centro de la ciudad desaparecería para ser empujada hacia la periferia dejando sólo los cimientos y partes de las estructuras más resistentes. Así se podría decir que prácticamente toda la ciudad de Madrid sería arrasada casi en su totalidad, en un radio de 12 Km. en el que prácticamente todo ser vivo moriría ya por derrumbamientos, quemaduras o radiación. Sólo quedaría un manto de ruinas con gran cantidad de edificios en ruinas en la periferia, todo ello en llamas.

Todo tipo de restos llegarían hasta a 16 Km. del punto cero (circulo nº 7) , donde además, surgirían incendios esporádicos en los materiales más inflamables y expuestos (depósitos, fábricas casas, coches...).
La intensidad del pulso térmico producido por la detonación sería tal que todo aquel que se encontrase al aire libre en un radio de 14 Km. (circulo nº 6) sufriría quemaduras de tercer grado. Los que se encontrasen expuestos a distancias menores serían carbonizados casi al instante. En este área surgirían incendios en masa y todo arderían de manera simultánea formando una gran hoguera de 725 Km2 que impediría a los supervivientes salir de la zona o a los rescatadores entrar. De modo que las poblaciones de Getafe, Coslada, parte de Alcobendas, Pozuelo de Alarcón, Alcorcón y Leganés, serían un inmenso incendio casi imposible de sofocar, donde los que pudieran huirían dejando a los que no pudieran valerse.
 
La manera en la que se comportaría este gran incendio podría ser de dos tipos: podría avanzar alejándose del punto cero e ir creciendo según encontrase combustible. A este efecto se le denomina conflagración. O podría ser que el mismo incendio crease una corriente hacia el centro y arriba que lo impulsase hacia el punto cero para alcanzar temperaturas elevadísimas, esto sería una tormenta de fuego. La manera en la que se comportase no es predecible, ya que variaría según la climatología. En cualquiera de los dos casos los refugios son ineficaces, tanto por las elevadas temperaturas que se llegan a alcanzar como por los gases tóxicos y la falta de oxígeno, que es consumido por el fuego.

La escena que vería nuestro observador tras la explosión sería muy parecida a la que sufrieron los supervivientes en Hiroshima y Nagasaki. En un instante el paisaje cambia por completo, se habría transformado en terrenos quemados o en llamas y escombros por todas partes.
Una oscuridad impenetrable inundaría la zona en un radio de 20 Km. (circulo nº 4) como sombra del hongo atómico y de la gran cantidad de partículas en suspensión que ocultarían la luz del Sol. Seguramente, como ocurrió en Hiroshima, empezaría a llover un agua negra como lluvia radiactiva local que contaminaría los ríos y el terreno, extendiendo los efectos.

Debido a la oscuridad y a los incendios los supervivientes que pudieran caminar tendrían que abandonar la zona y dejar a los heridos o perecer con ellos. Si la detonación se produjera en una gran ciudad lo más probable es que casi todos murieran allí donde les cogiera la explosión o muy cerca, ya que en la oscuridad, en una ciudad convertida en escombros y rodeada de incendios las probabilidades de escapar son casi nulas. Otras poblaciones más lejanas sufrirían también los efectos de la onda de choque, Una persona situada en Alcalá de Henares vería ascender el hongo sorprendido para, a los pocos segundos, ser lanzado al suelo por la onda de choque que sería capaz de romper todos los cristales de la ciudad.

Y este panorama puede ser aún peor si la detonación se produce en el suelo o muy cerca de él. En este caso la zona afectada por la onda explosiva sería menor aunque la del pulso térmico sería igual. La bola de fuego a millones de grados tendría un radio de 3 Km. y transformaría en vapor todo el centro de Madrid, convirtiéndolo en un cráter de sesenta metros de profundidad (la altura de un edificio de 20 plantas). El pulso térmico produciría a toda persona expuesta quemaduras de tercer grado a una distancia de 14 km., aunque éste no sería el peor de sus problemas.


Una intensa lluvia radiactiva caería en toda la zona bajo el hongo, especialmente durante las primeras 24 horas, con varias veces la cantidad letal que mataría a todo el que hubiera sobrevivido a los demás efectos, extendiéndose decenas de kilómetros con dosis de 1000 Rems, suficientes para matar a toda la población adulta en 10 días. Pero si soplase un viento de unos 20 km/h. arrastraría además la nube radiactiva a una distancia de más de 230 km. en una franja de una anchura de 20 km. que mataría a la mitad de la población sana que se encontrara bajo ella en unas semanas. Podría arrasar fácilmente media Comunidad de Madrid, por ejemplo. Para dosis superiores a 400 Rems, más del 65% de la población moriría en un mes; para 300 a 400 Rems más del 50% morirían en el primer mes.
 Para más de 20 Rems las defensas del organismo se reducen drásticamente, se sienten mareos, vómitos, diarreas, fatiga y hemorragias así como daños en el material genético.   Pero contra ciudades grandes están hechas las bombas de 20 megatones, ya que para un objetivo militar con un megatón sobra. La antigua URSS tenía más de 130 de ellas, llegando a detonar a modo de pruebas una de 20 megatones. Si explotase a una altura de 9.000 m. arrasaría por completo una zona de 18 Km. de radio, y la zona con graves daños en los edificios tendría 32 Km. de radio. La bola de fuego mediría 7´5 Km. produciendo un pulso térmico de 20 segundos que quemaría todo en 35 km. de distancia. Todo el que se encontrase mirando en la dirección de la explosión a 500 kilómetros de distancia quedaría temporalmente ciego y podría sufrir afecciones oculares permanentes.

Esos mismos 20 megatones detonados a la altura del suelo produciría una bola de fuego que lo engulliría todo en un radio de 5 Km., y la lluvia radiactiva afectaría a la mitad de España.

 Tras la explosión los supervivientes presentarían un aspecto infernal: amputación de miembros, quemaduras por todo el cuerpo, confusión por no saber qué ha ocurrido, desesperación por encontrar a los seres queridos... En el caso de bombas mayores a un megatón la tan temida radiación sólo sería preocupante si detona cerca del suelo, ya que la gente irradiada se encontraría en la zona barrida por las altas temperaturas y la onda de choque. Sólo en las bombas menores la radiación inicial mata a gente que sale viva del resto de los efectos. Así, si la explosión fuera localizada sólo en un punto (no en caso de holocausto nuclear) lo ocurrido en Hiroshima se repetiría. Columnas de supervivientes huirían en procesión de la ciudad en llamas hacia cualquier lugar. Los síntomas de la radiación se harían sentir desde el primer momento sintiendo una intensa sed, vómitos, fiebre y manchitas en la piel debidas a pequeñas hemorragias subcutáneas para los que se encuentren en la fase crítica. Estos sítomas parecen remitir a las pocas horas o días, dando un cierta esperanza al enfermo durante unas cuatro semanas denominadas período de latencia, en el que la función regeneradora de las células se ve seriamente dañada descendiendo el número de glóbulos blancos y plaquetas en la sangre, dejando cada vez más expuesto al paciente a cualquier enfermedad. En la última fase las diarreas, pérdida de cabello y hemorragias intestinales se suceden hasta varias semanas, tras las cuales el paciente puede morir o recuperarse.

 Aún sabiendo lo que implica una detonación nuclear, no podemos todavía hacernos idea de lo que sería una guerra nuclear con miles de megatones distribuidos por todo el planeta, ya que los efectos conjuntos serían más que la suma de las explosiones aisladas; además, no habría lugar al que escapar. Del efecto más destructivo no hemos hablado, y es que destruye no sólo a los individuos, sino también a la sociedad, acaba con todo el orden y desmorona todo tipo de jerarquía. Los efectos de una sola detonación se deja sentir durante décadas, los de una guerra nuclear no lo llegaríamos a saber.

Espero que con esta serie de artículos hayan podido comprender en su verdadera magnitud lo que significa una bomba nuclear y el riesgo que corre la humanidad si no pone una solución cuanto antes. Quizás dejen de parecernos una simple anécdota las noticias referentes a este tema, tales como las de posibilidad de que líderes terroristas o dictadores posean una bomba o la compren en el mercado negro, que las instrucciones para construir una ingenio nuclear se encuentren en Internet al alcance de muchos o que desaparecieran de la antigua URSS los famosos maletines nucleares. Hasta ahora la única solución que se ha encontrado para evitar una guerra nuclear es que se tienda a hacer un gobierno cada vez más global, hasta que todos los pueblos de la Tierra formen algo así como una nación. De esta manera se evita la guerra entre estados y se reduce el peligro a acciones puntuales que no pueden extenderse por todo el planeta
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CÓMO ACTUAR EN EL MEDIO RURAL ANTE UNA EXPLOSIÓN NUCLEAR

Mensaje por CynthiaRomina el Jue Ene 23, 2014 4:25 am



Los efectos sobre el medio rural, tanto de una explosión nuclear cercana como de lluvia radioactiva, no son conocidos por completo, no sólo por no ser ni habituales ni fáciles de experimentar, sino también por la gran cantidad de variables bajo las que se halla influido, tanto de carácter medioambiental como humano y circunstancial.

La primera diferencia importante es la que existiría entre los efectos de una explosión nuclear o accidente nuclear lejano que influye de manera leve sobre el medio rural y una explosión cercana o de guerra atómica con efectos globales severos.

En ambos casos el mayor peligro lo constituye la lluvia radioactiva y la precipitación de materiales contaminados sobre la superficie de campos, edificios, ríos, personas y animales.

Estos materiales son producto directo de la explosión nuclear en cantidad proporcional a su proximidad a la tierra en el momento de la detonación. Todos los materiales engullidos por la bola de fuego a millones de grados son fundidos y convertidos en partículas microscópicas que, junto con otros restos mayores suben con la explosión miles de metros hasta las capas altas de la atmósfera. Estos restos se han convertido en radioactivos debido a que han sido sometidos al bombardeo de todas las radiaciones de la explosión.
Los restos mayores caen pronto de nuevo a la tierra en las cercanías del punto 0, los más pequeños irán precipitando poco a poco, en un área en forma de cuña de longitud proporcional al viento, la orografía del terreno y las condiciones ambientales (lluvia, presión atmosférica...).
Tras la explosión todas estas partículas van cayendo sobre todos los objetos, contaminándolos. Por eso se ha de evitar permanecer en el exterior, refugiándose en un lugar a cubierto durante 48 horas.

Después sólo se podrá salir al exterior unas horas al día durante las semanas siguientes. Aunque no podamos percibirlo, todo se hallará cubierto de polvo radioactivo que contamina a su vez los objetos sobre los que se deposita, por eso hay que deshacerse de la ropa que se encontrara expuesta y lavarse bien (especialmente las manos, uñas, oídos y pelo), siendo preferible depilar las zonas expuesta al exterior. Si se hace preciso salir se deberá cubrir todo el cuerpo (guantes, gorro, gafas...) dejando las prendas fuera del refugio. Por el mismo motivo se debe evitar que entre en el cuerpo a través de cortes, heridas o mediante la ingestión de alimentos. Una vez dentro del organismo las consecuencias son siempre importantes.

Otro efecto directo de una explosión nuclear es la radiación que emite la explosión de manera instantánea y deja de emitirse cuando ésta termina. Todo lo que no se halle muy protegido con grandes espesores de material será irradiado. En personas y animales no son apreciables la contaminación salvo con instrumentos especializados, de modo que pueden estar contaminados sin señal aparente para, con el tiempo, enfermar y morir si la dosis es alta.

Los animales y cultivos son los más expuestos a ambos efectos porque normalmente no se hallan a cubierto. A través de ellos el hombre se contamina, ya sea por comerlos directamente o por sus derivados que, como la leche, pueden no afectar seriamente al animal pero sí a las personas que la ingieren (especialmente niños).


Contra la radiación directa no hay protección si no se está sobre aviso, pero si la hay contra la lluvia radiactiva.

Como ya se ha dicho la intensidad de las partículas que caen desciende con el tiempo, de modo que en 48 horas llega a ser hasta 100 veces menos radiactiva que en la primera hora. Por eso la mejor defensa es encerrarse en un lugar a cubierto, preferiblemente bajo tierra, protegido del viento y de zonas de acumulación de agua de lluvia. Las paredes gruesas protegen de la radiación, siendo mejores las más densas (hormigón armado) que las más porosas (madera).
TRAS LAS EXPLOSIÓN...

En el refugio habrá de estar bien surtido de comida y agua para tres semanas, ya que si se trata de una guerra global todos los alimentos y agua que se obtengan desde ese momento estarán contaminados en mayor o menor medida. Por eso, los alimentos almacenados de antemano serán muy valiosos, más cuanto mejor se hallen protegidos del exterior, ya sea en silos o almacenes que pueden protegerse de la radiación cubriendo sus paredes con tierra o con cualquier otro material a mano (tubos, estiércol, productos que no puedan guardarse...). Los animales también han de conservarse a cubierto, protegidos por mantas a ser posible, evitando consumir sus productos (leche) en las primeras 48 h., si fuera imprescindible sacarlos se les protegerá cubriéndolos con mantas o prendas y manteniéndolos a cubierto siempre que se pueda (bajo un árbol). Con los vehículos y herramientas se tendrá iguales precauciones, teniendo en cuenta que lo principal será asegurarse la comida más que el transporte. El agua que se consuma ha de ser de la almacenada antes de la explosión, evitando que se mezcle o consuma la de lluvia. Si no se dispusiera de agua limpia se hervirá.

LOS ALIMENTOS

Si durante el encierro en el refugio se hace imprescindible consumir leche se tomará la de los animales que se hallen a cubierto y que consuman comida y agua sin contaminar, evitando de nuevo hacerlo hasta pasadas 48 h. Otro tanto para los huevos, aunque estos contienen menos radiación que la leche. Si se recogen patatas u otros alimentos que hayan permanecido semiprotegidos en el exterior (zanahorias, raices...) se hará necesario lavarlos con agua limpia, pelarlos y cocerlos o hervirlos para poder consumirlos. Los vegetales son los alimentos que más habrá que evitar recolectar por acumular más cantidad de radiación, si se hace imprescindible se elegirán los que tienen una parte carnosa, eliminando las hojas y lavando o hirviendo el resto. Las semilllas de los alimentos podrán consumirse eliminando las vainas que las protegen. El orden para consumir alimentos de los que no se tenga certeza de su estado será: huevos, raíces (patatas, zanahorias...), semillas protegidas (habas, nueces...) y vegetales, siendo necesario lavarlos bien antes de consumir. Los tratamientos que se le hacen a la leche (pasteurizado...) no eliminan su radioactividad, y tampoco lo hacen en el resto de alimentos los insecticidas o herbicidas.

Si se tienen dudas sobre la seguridad de los alimentos lo mejor es guardarlos hasta que puedan ser comprobados por instrumentos especializados; para almacenarlos pueden convertirse en sus derivados (queso, embutidos...).

TRAS LAS PRIMERAS 48 HORAS.

Durante las pocas horas que podamos salir al exterior tras las primeras 48, se deberá prestar atención a los animales, ver si disponen de agua limpia y grano, poniéndoles fuera de su alcance lo que no esté limpio. Si no se dispone del suficiente grano sin contaminar se les puede añadir nitrógeno para paliar sus efectos. Al salir al exterior se deben usar siempre las mismas prendas dejándolas en el exterior al entrar en el refugio en un lugar cercano a la puerta y a cubierto; se han de llevar guantes (mejor si son de goma), gorra y mascarilla (especialmente si se ha de trabajar la tierra o remover polvo). Si se dispone, han de usarse también gafas y tapones en los oídos. Aun así, al entrar en el refugio se han de lavar con especial intensidad las manos (bajo las uñas y entre los dedos), orejas y cara.

Para los campos la mejor manera de reducir los efectos de la lluvia radiactiva es eliminar los cultivos diez días después de la explosión y plantar otros de rápido crecimiento, ya sea para pasto o como cultivo. De parecida manera para las ovejas es recomendable esquilarlas y tirar la lana, se depilarán y lavarán los animales que sea posible para eliminar las partículas radiactivas.

Si los animales (y personas) han sido irradiados, a los pocos días o semanas presentarán diarreas, irritabilidad, pérdida de apetito y apatía, pudiendo quedar estériles para más o menos tiempo según su grado de exposición. Si es así los órganos internos estarán contaminados y algunos elementos radiactivos (como el estroncio) se habrán introducido en los huesos, donde permanecerán durante toda la vida mermando las defensas del organismo y haciéndole presa fácil para las enfermedades. Por eso, si se han de consumir animales habrán de evitarse tanto los huesos como sus órganos. La única solución para eliminar la radiactividad es el tiempo y los cuidados, además de no seguir expuesto a productos radioactivos.

La lluvia no es una limpieza eficaz para los campos, ya que recoge toda las partículas de la atmósfera y las deposita en la tierra y sobre las hojas y frutas. Sin embargo, si se dispone de agua en abundancia es recomendable regar los techos y paredes de las construcciones para lavarlas del polvo radiactivo.
Estos consejos están supeditados a los que vayan siendo sancionados por la práctica y por las necesidades del entorno (comarca o país) que irán dictando lo que se ha de cultivar o hacer con los alimentos contaminados.

En cualquier, caso estos consejos serán siempre útiles en caso de urgencia y si los estamentos convencionales pierden capacidad.
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CynthiaRomina
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